18 jul. 2008

Galopando por las praderas de Kyrgyzstan

Desde Bishkek, Juancho, Ricard y yo nos fuimos en una martshurka al pequeño pueblo de Kochkor, en el centro del país. Todos teníamos muchas ganas de dejar la ciudad e irnos a las montañas. Cinco horas de camino que se me pasaron volando mientras jugábamos en un pequeño ajedrez o hablábamos de una de mis pasiones: el cine.
Kochkor está situado en el medio de un gran valle rodeado de dos cadenas montañosas. Aún ahora, a principios de julio, los picos más altos se mantienen con bastante nieve.Lo que vinimos a hacer aquí es a probar un trekking a caballo.
Para ello, se han montado una especie de cooperativa pública (CBT) que te organiza todo: transporte desde el punto de salida y llegada, el alquiler de los caballos, el guía o las yurtas por el camino.
Como yo no había tiempo de salir ese día, nos quedamos a dormir en una guesthouse regentada por dos señoras mayores que nos trataron genial.
Aquí mi cerebro ha añadido la mermelada a la (pequeña) lista de comidas que tras cientos de repeticiones sucesivas se me hace difícil tragar. El número 1 de esa lista es sin duda el pepino.
Por la mañana, nos cogimos otra martshurka hasta el punto de salida: Kyzart. Allí nos estaban esperando nuestros caballos: Fidel, Payaso y Arehucas. Yo no había montado nunca a caballo así que los primeros diez minutos mi montura hacía lo que le venía en gana: vamos a beber un poquito de agua en este charco, ahora me paro a comer la jugosa hierba de la derecha, ¡uyy! mira esas apetitosas flores amarillas a cinco metros del camino… Al final me tuve que poner en mi lugar por que si no el camino se nos hubiera hecho eterno y conseguí que más o menos me hiciera caso. Menos mal que los caballos Kyrgyz son tranquilotes porque aquí de lecciones previas… poco.
El primer día eran 5 horas hasta llegar a la yurta donde íbamos a dormir. Toda una gozada trotar en las praderas kyrgyz, una sensación de serenidad y de libertad que se da en pocos lugares del mundo.
En la yurta, nada más llegar nos ofrecieron Kumuz, o sea leche de yegua. También se le podría denominar como "leche con un amplio catálogo de bacterias desconocidas para el estómago occidental". El sabor es bastante fuerte aunque se deja beber.
Las yurtas son estructuras de madera recubiertas de piel de oveja y he de decir que el interior es bastante confortable. Dependiendo del poder económico de su dueño, suelen estar muy decoradas, especialmente con tapices.
Al día siguiente el segundo tramo era bastante largo; teníamos que atravesar un alto paso de montaña para luego descender hasta Song- Köl, un lago de montaña a 3.000 m. de altura. Mi caballo Arehucas se portó como todo un campeón, me hacía caso en todo y al final me atreví casi a cabalgar y todo.
Nos quedamos a pasar la tarde en otras yurtas a las orillas del lago, rodeados de manadas de caballos correteando , rebaños de cabras y ovejas.
Por última vez, en esta noche oí el resonar de la guitarra de Juancho. Fue en una fiesta (más bien parecía un funeral hasta que llegamos) a la que nos invitaron unos suizos que también andaban por allí. Mañana nuestros caminos se separan después de casi 3 semanas juntos. Al igual que la experiencia con Oliver y su todoterreno, ha sido genial vivir un viaje de este tipo desde un punto de vista muy diferente: compartir el viaje con gente que vive por y para la música.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo que no nos cuentas es como estaba tu cuerpo después de una jornada cabalgando, ¿ha que te dolía hasta el pasaporte?
Cuidate y que sepas que todos los días te vigilo desde Tenerife.

Un beso: Cristina e Iván

Lucas dijo...

que graaaan historia